Para Kris Van den Heuvel,
que con tanta generosidad
me ayudó a conseguir
mis sueños.
que con tanta generosidad
me ayudó a conseguir
mis sueños.
Al poco tiempo de que las fábricas, y las oficinas, y los hogares se llenaran de todo tipo de pequeñas y grandes máquinas omnipotentes desaparecieron la mayoría de oficios importantes para el mundo. Por supuesto, no hablo ya de los embetunadores de zapatos, ni de los vendedores ambulantes de rositas de maíz, ni de los afiladores de cuchillería y lustradores de plata. Ustedes son demasiado jóvenes. No oyeron hablar de los marchantes de poemas, que exponían su muestrario en el mercado colgando ristras de papelitos bien caligrafiados, como banderitas de fiesta.
-¿Es para usted, el poema… o acaso para una madre o para una amiga? -preguntaba la vendedora con sonrisa descarada al tiempo que se recogía con una estilográfica su larga melena de gitana ambulante en un moño.
-La verdad, señorita, es que necesito un poema para mí -contestaba turbado y bajando los ojos el comprador.
-No se avergüence, caballero, a lo más granado de cada ciudad le he vendido yo un poema. Solo los que están enfermos sin remedio pueden vivir sin poesía. Pero dígame, ¿qué le falla? ¿Le andan bien el corazón y el estómago?
-Sí, sí. El estómago se lamenta a veces, pero tomo sales de bicarbonato. Soy yo, todo yo, me estoy menguando, me veo chico... no me atrevo a rondar a las muchachas ni a saludar a los vecinos.
-Ah, grave mal es ese, sí señor. Mire usted, le voy a prescribir este poema de aquí y habrá de leerlo al menos una vez justo antes de quedarse dormido, y mejor si son tres, hasta que lo tenga bien escrito en la memoria y pueda repetirlo sin ningún esfuerzo delante del espejo... pero por diversión, como si fuera sin querer... con musiquilla si lo desea, como si le naciera de las tripas (verá que necesitará entonces menos bicarbonato). Notará usted como se va elevando. Y no se me vaya a asustar si la primera semana le picara un poco la espalda, justo por el centro, como si fueran a salirle alas. Incluso no se espante si, en efecto, le salieran; serían unos pequeños bultitos plumosos y suaves que nadie notaría debajo de una buena chaqueta.
-Muchas gracias, señorita, pero... es que yo no querría que me salieran alas. Seguro que luego me arrastraban a la iglesia del pueblo y me guardaban en un camarín como a un santo, y yo soy muy tímido para santo. Definitivamente santo no quiero ser. A lo mucho, un poquito más persona.
-En ese caso, estese tranquilo que no vamos a correr riesgos de santidad. Mire, llévese este otro. Aunque le advierto que del anterior solo escribí tres copias, y las dos anteriores se las vendí a muchachos que son hoy generales de altísima posición y renombre.
-No, no, ni a la iglesia ni a la milicia. Yo quiero uno que me lleve a una vida decente, con gente que me quiera, con gente que yo ame… Quiero un poema para hacerme lo suficientemente grande como para no sentirme pequeño, pero no quiero ser más que los otros.
-Sabe usted lo que compra, amigo. Entonces tenga este poemita de más acá, es un poco más corto, pero vale tres piezas más que el anterior.
-Y ¿vale más… siendo más poca cosa?
-¡Es que no es menos poema, solo menos renglones! Y de este poema existe uno nada más en todo el mundo. Lo hice expresamente para usted.
-Pero si no me conocía…
-Ah… y ¿cree que los inventores conocen a quienes usarán sus inventos? Yo tengo un don, sabía que este poema le haría falta a alguien, y por eso lo escribí. Eso es todo.
-Me lo quedo, me lo quedo, no quería ofenderla... perdóneme señorita, es la ignorancia mía, ya sabe que en el fondo yo no soy nadie. Pero cuénteme, ¿cómo supo usted que tenía un don?
-¿Qué quiere decir, usted no sabe cuál es su don, no sabe qué posee usted para hacer feliz al mundo y para hacerse feliz a sí mismo?
-Pues, vaya, no lo había pensado así… Tengo algunas ideas, algunos sueños, pero no estoy seguro…
-Tiene sueños, dice, y ¿ha acudido usted alguna vez a un Escuchador de Sueños?
-Pues... no, lo cierto es que no. Es que yo vivo en un pueblito de las afueras, y solo vengo a este mercado una vez cada tres meses, para comprar los avíos imprescindibles. Había sabido de ellos, por las gentes de aquí y de allá, claro... Pero nunca me decidí a visitar uno.
-Pero hombre de dios, un Escuchador de Sueños es imprescindible en algún momento de la vida de un muchacho. ¿Ve aquella viejecita de cabellos sueltos y blancos, sentada delante de su pequeña mesa, que tiene delante una cola tan larga? Es una Escuchadora de Sueños, una de las mejores. Yo misma la visité ayer.
-Pero ¿de verdad hablar de los sueños con un Escuchador es tan importante como para pagar por ello?
-¡Qué pregunta! ¿Cuántas personas conoce usted que han tenido grandes sueños pero han sido absolutamente incapaces de realizarlos?
-Oh, muchas, muchísimas.
-Ahí lo tiene, vislumbraron su sueño, pero no entendían cómo hacer el camino. Un Escuchador de Sueños pasa años escuchando las ideas de la gente y la Sabiduría del Universo; para estas dos cosas hay que estar muy entrenado, ¿sabe? Verá como, a poquito que usted le cuente su sueño, ella le irá indicando los pasitos para que pueda cumplirlo. Eso si le ve a usted coraje para conseguirlo. Si no es así, le indicará que lo dejé volar. Y en ambos casos, le habrá ahorrado mucho tiempo y dolores de cabeza.
-Tiene usted toda la razón, me pierde mi incultura, sin embargo escuchándola a usted, se le cae a uno la baba, habla como una mujer de letras. Pues sea, póngame el poema y hágame el favor de escribirme, si no es molestia, en un ladito las instrucciones de lectura. Y, entre nosotros, míreme a ver si me pudiera conseguir un turno con la Escuchadora para dentro de tres semanas, porque ya hoy me demoré demasiado en el mercadeo. Le doy dos piezas más por el consejo, y una por su amabilidad, y esta coliflor tan hermosa por hacerme el favor de pedirme la cita para la Escuchadora.
-No se preocupe, caballero. En verdad son hermosas esta col y su gratitud. Creo que sus sueños serán de los que pueden fabricarse en tierra. Vaya y lea su poema como le he prescrito, hasta que se sienta crecer. Entonces vuelva. Será el momento justo de ponerse a realizar sus sueños.
-Ah, me olvidaba, ¿me diría usted qué sueño tenía una muchacha tan lista y relinda como usted para contarle a la Escuchadora?
-Pues fíjese, un sueño muy raro... soñé que alguien muy rico y tremendamente importante venía a buscarme, pero no a buscar un poema, él venía a buscarme a mí. Y tuve hasta miedo. Pero La Escuchadora me explicó que era un sueño de amor, y que debía seguir haciendo las mismas cosas de siempre, porque hasta dentro de tres semanas no podía contarme más.
-Bonito sueño, entonces, el suyo... si era de amor. Ojalá se le realice de la mejor manera.
-Y usted que lo vea. Lo mismo le deseo yo para el suyo. Ande, váyase tranquilo, que ya la vida se encarga de realizar nuestros sueños.
*La preciosa ilustración de arriba es un dibujo original de la artista Lia Díaz. Podéis ver más cosas preciosas suyas en: http://www.liadiaz.com/
















