viernes, 25 de mayo de 2012

"La Vendedorcita de Poemas"

 Para Kris Van den Heuvel,
que con tanta generosidad
me ayudó a conseguir
mis sueños.




Al poco tiempo de que las fábricas, y las oficinas, y los hogares se llenaran de todo tipo de pequeñas y grandes máquinas omnipotentes desaparecieron la mayoría de oficios importantes para el mundo. Por supuesto, no hablo ya de los embetunadores de zapatos, ni de los vendedores ambulantes de rositas de maíz, ni de los afiladores de cuchillería y lustradores de plata. Ustedes son demasiado jóvenes. No oyeron hablar de los marchantes de poemas, que exponían su muestrario en el mercado colgando ristras de papelitos bien caligrafiados, como banderitas de fiesta.
-¿Es para usted, el poema… o acaso para una madre o para una amiga? -preguntaba la vendedora con sonrisa descarada al tiempo que se recogía con una estilográfica su larga melena de gitana ambulante en un moño.
-La verdad, señorita, es que necesito un poema para mí -contestaba turbado y bajando los ojos el comprador.
-No se avergüence, caballero, a lo más granado de cada ciudad le he vendido yo un poema. Solo los que están enfermos sin remedio pueden vivir sin poesía. Pero dígame, ¿qué le falla? ¿Le andan bien el corazón y el estómago?
-Sí, sí. El estómago se lamenta a veces, pero tomo sales de bicarbonato. Soy yo, todo yo, me estoy menguando, me veo chico... no me atrevo a rondar a las muchachas ni a saludar a los vecinos.
-Ah, grave mal es ese, sí señor. Mire usted, le voy a prescribir este poema de aquí y habrá de leerlo al menos una vez justo antes de quedarse dormido, y mejor si son tres, hasta que lo tenga bien escrito en la memoria y pueda repetirlo sin ningún esfuerzo delante del espejo... pero por diversión, como si fuera sin querer... con musiquilla si lo desea, como si le naciera de las tripas (verá que necesitará entonces menos bicarbonato). Notará usted como se va elevando. Y no se me vaya a asustar si la primera semana le picara un poco la espalda, justo por el centro, como si fueran a salirle alas. Incluso no se espante si, en efecto, le salieran; serían unos pequeños bultitos plumosos y suaves que nadie notaría debajo de una buena chaqueta.
-Muchas gracias, señorita, pero... es que yo no querría que me salieran alas. Seguro que luego me arrastraban a la iglesia del pueblo y me guardaban en un camarín como a un santo, y yo soy muy tímido para santo. Definitivamente santo no quiero ser. A lo mucho, un poquito más persona.
-En ese caso, estese tranquilo que no vamos a correr riesgos de santidad. Mire, llévese este otro. Aunque le advierto que del anterior solo escribí tres copias, y las dos anteriores se las vendí a muchachos que son hoy generales de altísima posición y renombre.
-No, no, ni a la iglesia ni a la milicia. Yo quiero uno que me lleve a una vida decente, con gente que me quiera, con gente que yo ame… Quiero un poema para hacerme lo suficientemente grande como para no sentirme pequeño, pero no quiero ser más que los otros.
-Sabe usted lo que compra, amigo. Entonces tenga este poemita de más acá, es un poco más corto, pero vale tres piezas más que el anterior.
-Y ¿vale más… siendo más poca cosa?
-¡Es que no es menos poema, solo menos renglones! Y de este poema existe uno nada más en todo el mundo. Lo hice expresamente para usted.
-Pero si no me conocía…
-Ah… y ¿cree que los inventores conocen a quienes usarán sus inventos? Yo tengo un don, sabía que este poema le haría falta a alguien, y por eso lo escribí. Eso es todo.
-Me lo quedo, me lo quedo, no quería ofenderla... perdóneme señorita, es la ignorancia mía, ya sabe que en el fondo yo no soy nadie. Pero cuénteme, ¿cómo supo usted que tenía un don?
-¿Qué quiere decir, usted no sabe cuál es su don, no sabe qué posee usted para hacer feliz al mundo y para hacerse feliz a sí mismo?
-Pues, vaya, no lo había pensado así… Tengo algunas ideas, algunos sueños, pero no estoy seguro…
-Tiene sueños, dice, y ¿ha acudido usted alguna vez a un Escuchador de Sueños?
-Pues... no, lo cierto es que no. Es que yo vivo en un pueblito de las afueras, y solo vengo a este mercado una vez cada tres meses, para comprar los avíos imprescindibles. Había sabido de ellos, por las gentes de aquí y de allá, claro... Pero nunca me decidí a visitar uno.
-Pero hombre de dios, un Escuchador de Sueños es imprescindible en algún momento de la vida de un muchacho. ¿Ve aquella viejecita de cabellos sueltos y blancos, sentada delante de su pequeña mesa, que tiene delante una cola tan larga? Es una Escuchadora de Sueños, una de las mejores. Yo misma la visité ayer.
-Pero ¿de verdad hablar de los sueños con un Escuchador es tan importante como para pagar por ello?
-¡Qué pregunta! ¿Cuántas personas conoce usted que han tenido grandes sueños pero han sido absolutamente incapaces de realizarlos?
-Oh, muchas, muchísimas.
-Ahí lo tiene, vislumbraron su sueño, pero no entendían cómo hacer el camino. Un Escuchador de Sueños pasa años escuchando las ideas de la gente y la Sabiduría del Universo; para estas dos cosas hay que estar muy entrenado, ¿sabe? Verá como, a poquito que usted le cuente su sueño, ella le irá indicando los pasitos para que pueda cumplirlo. Eso si le ve a usted coraje para conseguirlo. Si no es así, le indicará que lo dejé volar. Y en ambos casos, le habrá ahorrado mucho tiempo y dolores de cabeza.
-Tiene usted toda la razón, me pierde mi incultura, sin embargo escuchándola a usted, se le cae a uno la baba, habla como una mujer de letras. Pues sea, póngame el poema y hágame el favor de escribirme, si no es molestia, en un ladito las instrucciones de lectura. Y, entre nosotros, míreme a ver si me pudiera conseguir un turno con la Escuchadora para dentro de tres semanas, porque ya hoy me demoré demasiado en el mercadeo. Le doy dos piezas más por el consejo, y una por su amabilidad, y esta coliflor tan hermosa por hacerme el favor de pedirme la cita para la Escuchadora.
-No se preocupe, caballero. En verdad son hermosas esta col y su gratitud. Creo que sus sueños serán de los que pueden fabricarse en tierra. Vaya y lea su poema como le he prescrito, hasta que se sienta crecer. Entonces vuelva. Será el momento justo de ponerse a realizar sus sueños.
-Ah, me olvidaba, ¿me diría usted qué sueño tenía una muchacha tan lista y relinda como usted para contarle a la Escuchadora?
-Pues fíjese, un sueño muy raro... soñé que alguien muy rico y tremendamente importante venía a buscarme, pero no a buscar un poema, él venía a buscarme a mí. Y tuve hasta miedo. Pero La Escuchadora me explicó que era un sueño de amor, y que debía seguir haciendo las mismas cosas de siempre, porque hasta dentro de tres semanas no podía contarme más.
-Bonito sueño, entonces, el suyo... si era de amor. Ojalá se le realice de la mejor manera.
-Y usted que lo vea. Lo mismo le deseo yo para el suyo. Ande, váyase tranquilo, que ya la vida se encarga de realizar nuestros sueños.


*La preciosa ilustración de arriba es un dibujo original de la artista Lia Díaz. Podéis ver más cosas preciosas suyas en: http://www.liadiaz.com/

jueves, 24 de mayo de 2012

"Amadísimo Capullo", protagonizado por Mariola Reche

La grandísima actriz Mariola Reche ha realizado y protagonizado un Corto sobre un microrrelato mío.
Estoy absolutamente feliz con el resultado, les ha dado vida y sangre a mis palabras de tinta.
Gracias infinitas, Mariola.



"Al Guerrero que partió"



 En un lugar sin árboles, perdido, solo,
algún día te acordarás de mí
que te di el mar y te enseñé el fuego,
y nunca pude dormir a tu lado
porque escuchabas mi corazón.

Y entonces matarás dragones,
vendrás sin armadura,
volverás a los mismos sitios
para ver que no existen,
yo los creé cada noche.

Y mientras no vuelves
yo puedo oler tu piel,
conocer tus secretos,
regalarme alguna
de tus antiguas sonrisas
o de tus muchas palabras.

Eres más mío que tuyo
porque yo te quiero
y por eso te dejo libre,
y solo te guardo a hurtadillas
de noche, sin pronunciarte,
porque una palabra tuya
serviría para matarme.





*Ilustración (arriba):
La Belle Dame Sans Merci, de John William Waterhouse, 1893.
**Ilustración (abajo):
Fragmento del cómic "La Belle Dame Sans Merci. Part 1", de
Dashinvaine, 2012 ( http://dashinvaine.deviantart.com/)

miércoles, 9 de mayo de 2012

"Ada, la rara" (un poquito más de la historia de Ada)

 
A menudo me preguntan cómo fui yo antes de volverme "rara". Lo que quieren es saber si siempre tuve amores salvajes, si las bestias siempre me hicieron caso y si ya antes leía las líneas de las vidas y de las estrellas.

Y me lo dicen porque saben que estudié una carrera en una universidad, y suponen, por tanto, que entonces hube de creer en el sistema científico, y hasta puede que en los dioses conocidos, y que seguramente usaba palabras seguras y contenidas en el diccionario. Pero yo ya nací distinta. Mi yaya me contó que la primera palabra que pronuncié fue “Huidobro”, porque era el nombre del pastor alemán que me cuidaba a los pies de la cuna. Al perro el nombre se lo había regalado mi tío el poeta, y era extraño para perro, pero más aún para ser la primera palabra de una cría de dos años. A esta edad, además, ya hablaba fluidamente con los gatos, había liberado a nuestro jilguero y llamaba a las enormes gaviotas de la playa sin atisbo de miedo.

Sin embargo, dicen que experimentaba un terror irrefrenable ante el color rojo, hasta el punto de que me echaba a llorar si alguien vestido con ese color se me acercaba, lo cual desembocó en catástrofes cotidianas varias, entre las que se recuerda especialmente el día en que no me pudieron bautizar con la bendición del obispo porque chillaba como una endemoniada.

Todavía le tengo cierta inquina al color rojo, lo confieso, y sólo lo tolero de poquito en poco, como por ejemplo, en forma de pequeños tomatitos cherry. El color azul, sin embargo, lo amo inmensamente, y por eso me siento tan afortunada de haber recibido como regalo de mi yaya todos los cielos y todos los mares.

Mi yaya me decía: “Eres especial, mi Hada; no eres rara, eres una rareza, como una perla valiosísima única en el mundo. Nunca antes en todo el universo ha existido una niña como tú, y nunca la habrá”.

Y por eso desde bien chiquita entendí sin traumas que yo era rara, y que siempre seguiría siendo diferente; y que eso sería bueno.


*Ilustración de Nicoletta Ceccoli.

lunes, 30 de abril de 2012

"Pequeña Declaración de Amor"

 
Cuando te digo “guapo” no quiero decir simplemente “guapo”.
En griego antiguo “kalós” significaba “bello”, pero también “bueno”, “valiente”… y todas las cualidades que se le pudieran atribuir al héroe; en Platón, ser bello era indisoluble de ser bueno.
Así que, cuando quisiera nombrar “eso” que tú tienes, y que te hace irresistible, lo mismo hace diez años que ahora, en tus peores días o en los mejores, que hace que te desee sólo de pensarte, que permanece intacto en mi memoria asociado a una sonrisa medio borrada, al color de tus ojos y al sabor de los whiskys que tomé contigo… cuando quiero decirte que puedo ver “eso” en ti, y que siempre lo veré, y que me maravillo de que la gente por la calle no lo vea y te detenga para plantarte un beso… cuando quiero decirte que eres absolutamente único en todo el universo, y que yo también me siento absolutamente especial por ser capaz de notarlo… me faltan palabras; y entonces sólo te digo (te escribo) “guapo”, “guapo”, “guapo”...

* Fotografía de Robert Doisneau, "Le baiser de l'Hôtel de Ville", 1950, París.

martes, 24 de abril de 2012

"La verdad sobre el origen de las rosas"

A mi madre,
que tantos regalos me dio
y tantas espinas debió curarse.


El diseño de la rosa no fue un encargo de gusto. Ya habían sido presentadas la margarita con su sencillez perfecta, el espléndido girasol y el majestuoso lirio. La Madre de todas las Diosas le entregó a su hija pequeña un tallo leñoso y unos pétalos verdes, y le encargó que inventara una nueva flor que conmoviera el corazón de todo el que la presenciara.

La pequeña diosa acarició plumas de las aves más suaves, el manto de los primeros cachorros de animales salvajes y atrapó aquella suavidad en la yema de sus dedos. Repasó todos los colores que ya pintaban la Naturaleza, y decidió al final no encerrar ninguno y dar libertad a la flor para nacer con cualquier nuevo tono cada mañana del mundo. Pasó lunas recordando momentos felices hasta que consiguió una esencia que le evocaba esa misma felicidad. Y entonces amontonó los pétalos dándoles toda la suavidad que había conocido, y seguidamente los colmó de perfume.

Según iba probando pétalos en el tallo como una costurera, ponía todo su amor en fabricar una reina entre las flores y por ello iba sumándolos uno al ladito del otro como si fueran una verdadera corona. No estaba segura de qué número de pétalos exacto poner, pero tras mucho meditar, decidió que deberían ser tantos y tan cambiantes como el número de las hojas de los libros (los libros existían mucho, mucho antes que las rosas y que casi todo lo conocido, pues guardaban la sabiduría del principio de los tiempos). Así, unas rosas podrían brotar ligeras como si fueran a levantar el vuelo o nacer ya colmadas de pétalos apretados como una larga historia, y ambas eran igualmente sublimes.

Cuando la pequeña diosa vio su primera flor terminada se sintió verdaderamente orgullosa pues por todos sus sentidos la embargaba una sensación de belleza. Hizo primero una rosa amarilla clara y después una del color variable de las puestas de sol sobre el mar. Hizo otra rosa blanca de pocos pétalos que parecía compuesta de alas de mariposa y también una rosa robusta y roja como su propio corazón. Hizo decenas de muestras de rosas, hasta que el perfume de todas ella la hizo sentirse totalmente embriagada, casi mareada, con una sensación que no conocía, pero que debía de ser lo más parecido al enamoramiento.

Recogió todas aquellas nuevas rosas, las terminó de colocar en tallos leñosos como el que le había dado su Madre, y acudió a presentárselas con enorme orgullo.

Cuando llegó al trono de su Madre, se dio cuenta de que las manos y los brazos le dolían casi insoportablemente, y vio que brotaba sangre de ellos. Entonces –porque la belleza y la ilusión de su encargo no le había dejado darse cuenta antes- se dio cuenta de que aquellos tallos leñosos tenían espinas.

-¿Por qué me diste a mí estos tallos con espinas, Madre de la Creación, si querías que yo hiciera algo tan perfecto?

-Te di precisamente esos tallos –contestó la Madre Diosa- porque confiaba en ti, y sabía que con tu inteligencia y tu arte, inventarías la flor más preciosa del universo. Pero si dejáramos esa flor crecer indefensa, cualquier animal que pasara a su lado, desde el pequeño gusano hasta la hermosa yegua, intentaría devorarla. Y esta flor ha de ser un regalo especial para el ser humano.

De esta manera, y no de otras que se han contado, se fabricó la primera rosa. Y al mismo tiempo que hizo más feliz de lo que nunca lo había sido a la joven diosa artista que la fabricó, le provocó sus primeras heridas sangrantes, aunque en sí misma la rosa había sido creada con toda la bondad del universo.

Desde ese día, las rosas también quedaron asociadas a los libros, pero los humanos fueron olvidando poco a poco la Historia Verdadera, y ya casi nadie conoce el origen de nada, pues en cada pueblo nacieron nuevas y distintas leyendas para explicar el mundo.

La rosa, eso sí, siempre fue considerada la reina de las flores. Y aunque crecía siempre con dañinas espinas, al mirarla, al tocarla, al olerla… cualquier ser humano sabía en su corazón que una rosa estaba hecha de puro amor. Y cuando querían decirle a alguien “te quiero”, y consideraban que las palabras eran demasiado pobres, entregaban no una margarita, no un girasol, no un lirio: ponían con sumo cuidado en las manos de la persona amada Una Rosa.



* Imagen: Fotografía de la autora: Rosas en el mercado del domingo por la mañana en la plaza Jamaa-el-Fna de Marrakech, 2010.

jueves, 19 de abril de 2012

"Donde se tejen los cuentos"


Normalmente, sólo encontráis aquí cuentos, o cuentecillos u otras historias hechas sólo con palabras de carbón.

Pero sois muchos l@s que me habéis preguntados por el bello tapiz del Caballero que ilustra el cuento de "El Príncipe del Corazón Helado". Este tapiz está realizado con la técnica gobelinos por la artista Marieta Veloso, y es una reproducción de uno de los primeros tapices que se conservan del siglo XIII.

Ahora, Marieta Veloso y un equipo de profesionales de las Bellas Artes nos abren una puerta a través de su nueva web para que cualquiera pueda  "aprender haciendo” en su Escuela-Taller las técnicas más secretas y antiguas de los profesionales del Arte y de la Restauración.

Entre muchas otras cosas interesantes, desde esta nueva web:
-Realizan trabajos por encargo para particulares y empresas (tanto piezas nuevas, como conservación y restauración de Bienes culturales).
-Ofrecen gran variedad de CLASES de todas las técnicas de PINTURA y TAPICES, individuales y a pequeños grupos (¡muy, muy, muy interesante!)
-Desarrollan muy diversos Proyectos Personalizados (¿sueñas con un retrato al óleo?, ¿te gustaría obtener el patrón para desarrollar en punto de cruz tu escena preferida?...).

Su página es:

Sé bien cierto que éste es un proyecto extraordinario y maravilloso, fiable y riguroso, y por eso estoy muy orgullosa de que tenga un sitio entre mis palabras.

Si tienes inquietudes artísticas, explora en su página, y estoy segura de que encontrarás mundos que te apasionarán. Y si te gusta el Arte, no dudes en COMPARTIR el enlace. Te estaré... eternamente agradecida ;-)


domingo, 8 de abril de 2012

"Hada y la Magia" (El principio de la historia de Ada)


Su madre le solía contar que la había llamado “Hada” porque, desde que estuvo en su barriga, siempre supo que ella era una niña especial y mágica. Y Hada se había pasado cinco años convencida de que podía leer el pensamiento, encontrar tesoros ocultos y transformar los acontecimientos venideros. A tales fines, andaba siempre muy atenta en las cosas pequeñas de la vida, como los trocitos de vidrio en el suelo, las plumas en las aceras y las sonrisas de la gente. Coleccionaba cajas siempre heredadas azarosamente: su tía Ana se compró un costurero moderno lleno de compartimentos y le dio a la niña la caja de latón de la Virgen Milagrosa; por navidades, llegaban siempre cajas de metal con dulces de Alicante o bombones; y su abuelo le proporcionaba cajas redondas de regaliz y  preciosas cajas de madera con olor a tabaco que habían salvado puros desde un lado al otro del océano. Allí atesoraba Hada, perfectamente separadas, las plumas, los cristales preciosos, las estampas de sitios bonitos, los sellos de cartas, los trozos de hilo y todos los objetos extraordinarios que consideraba dignos de ser preservados, y mirados, y vueltos a remirar, y rencontrados mil veces.

El día que cumplía cinco años justos, el mismo día, nació su hermana Eva.

-¿Por qué el bebé no tiene un nombre mágico? –le preguntó Hada a su madre.

-Porque todos los bebés son mágicos, no necesitan su nombre para hacer magia. Se llama Eva como la primera mujer de la historia, porque será una gran mujer y hará grandes cosas.

Una mañana su madre limpió el antiguo cuarto de juegos de Hada pensando en ir preparando la nueva habitación para el bebé. Debajo de la cama grande, encontró decenas de cajas medio oxidadas, viejas y  llenas de cachivaches absurdos cuando no porquerías. Tiró todo a la basura, obsesionada con higienizar la casa por completo antes de que el bebé empezase a gatear.

Hada no se había imaginado nada, así que no pudo salvar ni uno solo de sus tesoros. Ni siquiera una pluma que contenía todos los colores del arco iris. Ni un cristal verde tan caprichosamente tallado que estaba convencida de que tenía que ser una esmeralda verdadera desprendida de algún anillo, y que algún día lo haría engastar en su propia sortija de princesa.

Ese día, sintió una tristeza tan inmensa que, sin pretenderlo, dejó de creer en la magia. Y ese mismo día, también, dejó de escribir su nombre con h y empezó a inventar que, en realidad, su nombre era Ada, un nombre corriente de mujer que venía de Adela.

martes, 27 de marzo de 2012

"Frágil"


La primera que se dio cuenta fue su tía cuando empezó a recoger con la escoba alas de mariposa, sueltas, una azul aquí, una anaranjada allá, y pensó que serían fechorías del gato. Pero cada día recogía más, hasta una docena de mariposas muertas, inertes, que no parecían insectos sino trocitos de un papel finísimo.
Durante la cena le preguntó a la niña chica:
-¿Sabes tú por qué hay tantos bichos muertos en la casa?
-¿Qué bichos?
-Palometes, mariposas.
-Porque sólo viven un día.
La tía quiso seguir preguntando pero la niña se había puesto tan triste y lívida con la contestación, que dejó correr el tema y le ordenó acabarse la ensalada. La niña ya sólo quería comer hierbajos; mañana, tarde y noche. Culpa todo de su madre, que la había convertido en una caprichosa redomada.
-¿Puedo volver a mi habitación?
-Vuelve, pero antes… lávate los dientes.
Por un momento quiso ordenarle que fregara los platos, pero aquella niña estaba tan triste y tan rara desde que su madre había muerto que hasta ella, que no había tenido ni tiempo de llegar a conocer a ese ser extraño, sentía que le encogía el corazón.
Antes de irse a dormir, pensó en ver lo que hacía la niña: abrió la puerta de su cuarto y la vio sentada en la ventana, y al contraluz, vio también decenas de polillas revoloteando.
La tía se fue a dormir pensando en averiguar algo al día siguiente sobre la plaga de polillas, y en comprar insecticida. Y en lo rara que era esa niña que parecía saberlo todo pero nunca contaba nada.
A la mañana siguiente, cuando fue a su habitación para despertarla, sólo encontró sobre la colcha dos dibujos grandísimos, llenos de colores, de dos alas de mariposa. Para colmo, vio que la niña se había dejado la ventana abierta. Se asomó para cerrarla y le sorprendió el bullicio de gente que tan temprano se arremolinaba en su entrada. Se temió lo peor. Bajó corriendo las escaleras. En el suelo, muerta, estaba la niña chica. Inerte. Frágil. Como si estuviera hecha de papel. 


* Ilustración: "Mariposa muerta encontrada sobre un charco", fotografía de Francisco Manuel (en http://www.arteyfotografia.com.ar).

lunes, 19 de marzo de 2012

"Contra la Nostalgia"



No debes, en ningún caso, dejarte llevar por la nostalgia, aunque sea dulce y suave. Tampoco guardes pájaros muertos en los cajones. Las caricias perdidas no existen, pero sí existen las que están por venir, no debes llenar su espacio con plumas grises.
Podría ocurrir que alguna noche el viento volviera a cantar su nombre, y pensaras que estás indefensa sin sus abrazos. El viento no es de fiar porque cambia las cosas. Sòlo cierra las ventanas y grita que eres fuerte. Y que el amor te abraza. Que el viento gira y baila y no tiene a nadie que lo guarde, pero tú sí. Que no se te vuelva a olvidar que te tienes a ti misma, y eso es más amor del que cabe en la caja de Pandora.


* Ilustración de Mark Ryden.

viernes, 9 de marzo de 2012

“El Secreto Rojo de Celeste” (Un cuento de Navidad)




Pour la petite Céleste Szyszko


Hubo un tiempo en que las Navidades eran muy, muy, pero que muy importantes. Eran años terribles de guerra, hambre y epidemias, y muchos niños perdían a sus familias y acababan siendo llevados a lúgubres hospicios, atestados de criaturas que esperaban una mano que los salvara de allí. Pero, cuando venía la Navidad, en las batallas se firmaban treguas de paz, los soldados regresaban a sus casas, y así algunos niños rencontraban a sus padres desaparecidos, y todos recibían juguetes, chocolate caliente en los desayunos y amor de su alrededor.

San Nicolás, desde un sitio invisible a los ojos humanos en algún punto del Polo Norte, se esforzaba especialmente en esta misión de conseguir que los niños fueran felices durante la Navidad. E incluso, intentaba salvar a algunos y conseguir que para ellos la Navidad durase todo el año. El viejo San Nicolás trabajaba mano con ala junto a los Ángeles de la Guarda, y todos usaban el procedimiento mágico de introducirse en los sueños infantiles para poder descubrir cuáles eran sus penas y cuáles sus mayores deseos. En alguna ocasión, el mismo San Nicolás o alguno de los Ángeles descubría un niño “especial”, pero tan especial que era casi mágico.

El primer signo de que el niño tenía ese potencial mágico es que poseía un corazón muy rojo y brillante, igual que el adorno de un árbol de navidad. Esto sucedía porque estaba lleno de imaginación, de fe, de ilusiones y de esperanzas, que son los componentes principales de la Magia. Los humanos al hacerse adultos perdían totalmente este color vivísimo, porque dejaban de creer en los milagros y por ello tenían un corazón apagado, de un marrón deslucido, como el color de las vísceras; incluso existían algunos que ya lo tenían gris ceniza; los médicos solían atribuirlo al tabaquismo, pero Santa sabía bien que estos seres grises habían dejado quemarse todas sus ilusiones.

Los niños con el corazón rojo tornasolado tenían un mundo mágico en su interior desde su primer día de vida, que no hacía más que crecer y contaminar a todos con su fantasía; mientras que a ellos no les afectaba en absoluto la envida, la avaricia y los egoísmos de cualquier otro ser. Este mundo mágico era como una fuente de verdadera alegría, por ello reían muy a menudo, y también cantaban y bailaban, de manera que siempre contagiaban felicidad a los que les rodeaban. Su risa era tan pura que podía obrar pequeños milagros: se sabía de casos en los que estas risas habían sido capaces de curar los males de amor de los adultos que las escuchaban; también hacían olvidar el hambre y, lo más importante, daban fuerzas para realizar las más grandes hazañas.

Además, estos pequeños niños mágicos, aunque todavía no supieran usar ningún idioma, podían entender perfectamente lo que hablara cualquier otro niño, y daba lo mismo que aquellos se expresaran en polaco, francés o español; siempre podían comunicarse con ellos y comprender, mejor incluso que los mayores, lo que de verdad sentían.

Cuando San Nicolás descubría alguno de estos niños abandonado a su suerte en un hospicio, rápidamente lo trasladaba a su Taller del Polo Norte, en donde todo el año era Navidad. No se trataba de un secuestro, claro. El niño se quedaba dormido al anochecer igual que todas las noches; pero entonces, de manos de su Ángel de la Guarda, su alma volaba hasta el Taller de Santa Claus. Una vez estaba en el Taller, el niño no crecía, aunque pasaran años, pues estaba situado lejos del alcance del tirano del tiempo. En realidad, todo un año allí venía a ser apenas una hora de sueño en la cama del hospicio, pero precisamente por eso debían ser muy cuidadosos, y jamás se podía quedar ningún niño tan lejos de su cama más de nueve años. Si esto pasara, entonces corría el riesgo de que alguien acudiera a despertarlo, y entonces descubriría un cuerpo sin alma, que es como un cuerpo muerto. Pero esto jamás había pasado y todos cuidaban de que jamás pudiera pasar.

En el Taller de San Nicolás, los niños eran absolutamente felices: pasaban los ratos inventando juguetes, también probaban todas las clases posibles de caramelos y, además, viajaban por los sueños de otros niños de la tierra, para averiguar lo que éstos deseaban de verdad.

Las risas de estos niños eran las que convertían aquel lugar fuera del tiempo en un lugar mágico, lo hacían invisible y cálido, y su fe era tan maravillosa que sólo ellos podían convencer a los renos del carruaje de Santa de que eran capaces de volar. Estos pequeños niños mágicos eran los ayudantes más valiosos de Santa Claus. En algunas historias, para proteger el secreto, se habla de ellos como “gente pequeña”, y muchos han pensado que se trataba de “duendes”, porque se les olvida que no existe nada en el universo que sea tan mágico como el corazón puro y soñador de un niño.

Sin embargo, aunque en el Taller de Santa los niños sólo hacían cosas divertidas, al viajar por los sueños de otros niños de la tierra descubrían… el amor de las madres. Entonces ellos también querían volver a su cama, para despertarse con el beso de una madre y crecer con el cariño de una familia. Cuando eso ocurría, Santa lo arreglaba todo para el regreso. Los Ángeles se ocupaban de introducir en el corazón de los padres deseados la imagen del niño, y cuando éste despertaba en el hospicio, aunque ya no recordaba nada, recibía la sorpresa de una pareja que había ido a buscarlo, y que cuando lo veía, lo amaba al instante como si siempre lo hubiera llevado dentro de su corazón.

A menudo los bebés llegaban al taller de Santa sin nombre, pues ningún padre se lo había regalado aún. En esos casos, eran llamados por el nombre de la ciudad de donde procedían. Cuando llegó la pequeña París, sólo tenía 18 meses, pero su corazón, su inteligencia y su imaginación brillaban como las de un niño mucho mayor. Era una niña preciosa, de pelo rubísimo y ojos enormes, y todos los Ángeles coincidían en que su sonrisa era la más bonita que jamás habían visto, de manera que resultaba imposible verla sonreír y no ponerse contento al instante.

Sin motivo especial, París cantaba a menudo melodías inventadas, tocaba algún instrumento sencillo e incluso se atrevía a hacer sonar un violín, y bailaba con enorme gracia para los otros niños, que se ponían en corro a dar palmas, a cantar, y a reír con tanta alegría que todos los días parecían una fiesta desde que había llegado. También inventaba juguetes que nadie anteriormente había imaginado, a veces muy complicados, pues le encantaba jugar con los distintos colores y formas. Y, desde luego, podía comprender los sueños de cualquier niño, incluso aquellos del más tímido o del más raro; aunque viviera en Rusia o en la China.

Santa Claus le consultaba todos los casos difíciles, y gracias a ella, el día de Navidad muchos niños que nunca nadie de su entorno había comprendido (y que de mayores algunos se convirtieron en genios que cambiaron la Historia), se encontraban al despertar el más grande y extraño de sus sueños hecho realidad.

La pequeña venida de París se había convertido en la preferida de Santa Claus –aunque éste llevaba cuidado de no demostrarlo-, e incluso era la más querida por los Renos. Si ella, personalmente, no les llevaba galletas y leche, y además hablaba un ratito con cada reno, éstos se negaban a volar. Decían que “les faltaba alegría”, que es el componente mágico para echar a volar, como todos ya sabéis.

Pero cuando París llevaba ocho años y medio viviendo feliz en aquel mundo mágico, San Nicolás se vio en el difícil trance de tener que hablar muy seriamente con ella:
-París, nada me gustaría más que tenerte siempre como mi ayudante, pero se acercan los nueve años… y debes elegir pronto unos padres, pues no puedo retener a ningún niño ni un minuto más de los nueve años. ¿Acaso no has visto, navegando por los sueños, una familia en la que te gustaría vivir? Quizás pueda ayudarte, dime qué tipo de padres te gustaría tener.

Los ojos de París parecían ponerse tristes por primera vez. Y le contestó a Santa en el idioma de los niños:
-Todavía no he encontrado a los padres que busco. Quisiera unos padres con un corazón muy grande, muy rojo y muy brillante, porque deben conservar la misma alegría, imaginación y todos los buenos sentimientos de cuando eran niños. Tienen que creer en los milagros y atreverse a hacer cosas cada día que los demás considerarían locuras o imposibles. Les tiene que divertir jugar, mezclar formas y colores… ah, y me encantaría que supieran dibujar, y tocar música, y encontrar flores raras, y distinguir los tipos de pájaros. Además, quiero que sean capaces de entender a cualquier niño, da igual si habla en francés, español o polaco.
-Oh, París, eso que pides es imposible, sabes muy bien que a los adultos se les apaga el corazón al hacerse mayores, pierden su mundo mágico interior, y a menudo sus mejores cualidades, y entonces empiezan a interesarse por cosas serias, totalmente distintas de las que interesan a los niños.
-Entonces no me iré. Sólo me iré si encuentro unos padres como los que he dicho y no me importa si tengo que esperar cien años.

San Nicolás se vio en un apuro enorme. Si un niño no quería irse, él no podía obligarlo, pues era la propia magia del niño la que le permitía volar de nuevo hasta su cama. Él mismo se puso a buscar unos padres para París, pero realmente no encontraba lo que la niña había descrito. Se iban a cumplir los nueve años y todavía no tenía una familia para devolver a la niña. Se dio cuenta de que, por primera vez, necesitaba más tiempo para encontrar un padre y una madre que fueran tan especiales como lo era la niña París.

Convocó una reunión con los Ángeles de la Guarda para buscar una solución. El Ángel de la Guarda de París habló en primer lugar:
-No puedes devolver una niña tan maravillosa como París al orfanato y dejarla hundida en la tristeza, a la espera de unos padres cualesquiera.
-Lo sé, lo sé… y ¡no quiero hacerlo!, pero sabes, como todos, que en el Taller no puede permanecer más de nueve años, porque entonces intentarán despertarla en su cama, y se encontrarán un cuerpo sin alma, que es lo mismo que un cuerpo sin vida.
-Si París no puede permanecer en el Taller, ni tampoco quiere volver al orfanato… -dijo su Ángel Guardián- entonces propongo que le hagamos un sitio en el Cielo, entre nosotros.
-¡Oh! Pero… ¡no hay precedentes! –dijo San Nicolás-, ninguna niña ha vivido en el Cielo sin haber completado antes su vida en la Tierra.
-Bueno, entonces, no será una niña: la convertiremos en Estrella, y así, desde allí arriba podrá seguir viajando por el sueño de los humanos, hasta que encuentre los padres especiales que merece, y el hogar donde nacer y volver a ser una niña de nuevo.

Todos los Ángeles discutieron entre ellos la propuesta y, como todos adoraban a París, excepcionalmente, y por primera vez en la historia, aceptaron que un bebé no despertara en la Tierra, y que viviera en el Cielo antes de completar su vida en la Tierra.

Así fue como a los nueve años de haber entrado en el Taller de Santa, París cerró los ojos para dormir pero cuando despertó, ya no era un bebé abandonado en un orfanato de Francia, sino la estrella más brillante de cuantas había en el Cielo.

Durante años y años, París disfrutó de su vida de estrella, y también voló y buscó entre los mortales unos padres que conservaran el corazón tan rojo y brillante como los adornos de Navidad.

Quizás habían transcurrido ya más de cien años, cuando París, desde lo más alto, se fijó en unos jóvenes que, como tantos otros, miraban las estrellas. Parecía una pareja de enamorados cualquiera, sin embargo, el resplandor rojo de sus corazones relumbraba hasta el Cielo. París siguió investigándolos y se fue dando cuenta de que cumplían todos los requisitos que ella siempre había querido, e incluso algunos que ni siquiera se le habían ocurrido. Entonces, dejando una estela de ilusión a su paso, se lo comunicó a los Ángeles de la Guarda.

-Si estás segura de que es así, París, mañana mismo dejarás de ser una estrella y será tu primer día de vida en la Tierra.
-Estoy segura. Así es y así lo quiero –dijo París con una enorme sonrisa que de verdad iluminaba el cielo.

Aquella noche, la joven que se iba convertir en su futura madre, y que se llamaba Judith, tuvo un sueño extrañísimo mientras dormía. Soñó que estaba contemplando el cielo, como tantas veces, y que entonces, la estrella más brillante de todas bajaba de súbito y se fundía en su corazón, y ella sentía la alegría más grande de su vida. Por la mañana, al despertar, recordaba perfectamente el sueño y aún sentía el ardor en su corazón. Entonces decidió que, si algún día tenía una niña, la llamaría “Celeste”, que significa “la que vino del Cielo”, porque estaba segura de que sólo el tener una niña se podría comparar a aquella alegría tan intensa que había experimentado en su sueño. Pero lo que Judith no sabía es que, esa misma noche, una estrella le había crecido dentro y estaba en verdad embarazada.

A los nueve meses de aquella noche mágica nació la esperada y amada niña Celeste. Y en el Cielo, y en la Tierra -y sobre todo en el Polo Norte- hubo una fiesta sin igual para celebrar su nacimiento.

San Nicolás, que lloriqueaba todo el tiempo de alegría, hizo silencio y se dispuso a emitir una orden muy importante a todos los que fabricaban la Navidad con él. A fin de que todos recordasen la especial historia de aquella niña de corazón rojo brillante, que tanto había amado la Navidad, y que tanto había amado él mismo, decretó que desde aquel mismo momento siempre se habría de colocar una Estrella en lo más alto del Árbol de Navidad.

Y desde entonces, así se viene haciendo.



* La imagen es un atrevido montaje de la autora sobre una conocida publicidad antigua de Coca-cola.

domingo, 26 de febrero de 2012

"La Condesa Descalza" (Microrrelato)


Cuenta mi tía que, mientras yo nacía, echaban por la tele “La condesa descalza”, en lo cual vio augurio seguro de que yo poseería la belleza turbadora de Ava Gardner y una vida llena de pasión y viajes. Al verme, recién llegada del hospital, mi tía clamó que sólo podían llamarme “Ava”. Pero mi madre, apretándome bien, sentenció que sería “Paquita” y que llevaría una vida decente, jamás avergonzaría a la familia y del pueblo sólo saldría cuando hiciese falta. Ignoraba, la pobre, que una suerte de estrella acaba volando incluso por encima de la luz brillante y fija de las más altas farolas del pueblo.

miércoles, 22 de febrero de 2012

"La Esencia de la Felicidad" (Relato de viajes)


“Tú eres mi musa” me decía él siempre... Así que cuando me dejó, me sentí como si me hubiera caído del olimpo de las diosas a la ciénaga de la mortales más imperfectas y metepatas. A las primeras vacaciones que tuve, me escapé a La India. No pretendía hallar mi divinidad perdida, me conformaba con olvidar, olvidarle, olvidarme de todo; y para ello necesitaba llenarme de nuevas experiencias, de gentes y calles distintas, de colores y perfumes nuevos, de todo aquello que no se pareciese a él, ni a mi vida con él.

Me instalé en un hotelito de Varanasi (la antigua Benarés), la ciudad viva más antigua del mundo, donde los hindúes llevan a sus muertos, pues creen que si son incinerados en el Ganges, el poderoso río sagrado guiará sus almas hasta el Nirvana, librándolos de pasar por nuevos ciclos de rencarnación. Por las noches subía a la terraza de mi hotel a mirar la luna, porque también era una luna distinta: no era vertical (ni parecía una letra C ni una letra D), la luna de Varanasi estaba siempre tumbada -relajándose, se diría-, como si fuera una sonrisa abierta en el cielo.

Aquella terracita estaba cuidadosamente alambrada no por los huéspedes sino para que no entrasen los monos, muy hábiles en robar comida. Yo me asomaba entre los alambres y me quedaba absorta mirando la arquitectura de abajo, pues casi me parecía que podía tocar con las manos las preciosas cúpulas rosas que se arracimaban allí en el centro de la ciudad. Escogí mi hotel en el casco viejo, aunque los turistas preferían tomar otros mejores a la orilla del río. Pero a mí el olor a muerte de las cremaciones me espantaba y los mosquitos del río no me daban tregua.

Todas las mañanas, cuando bajaba a la calle, hacía el mismo ritual: buscaba concienzudamente las bases de aquellas cúpulas milenarias, pero no hallaba nada remotamente parecido a un templo o a un palacio. Al contrario, las enrevesadas calles estaban ocupadas solamente por tiendecitas minúsculas y tallercitos de todo tipo. Algunas eran poco más que una ventana o un portal abierto a los transeúntes, podían medir desde el metro hasta los cuatro, pero no más. Deduje que cada templo había sido fragmentado mil veces mil, pues así se habían podido albergar dentro decenas de compartimentos para familias y cientos de comerciantes de todo tipo en la parte que daba a las calles.

Como todo el mundo sabe, en La India el concepto de tiempo es muy distinto, y el de prisa desde luego no existe. Era aconsejable pedir la comida en el restaurante aún sin hambre para poder aguantar pacientemente una hora, u hora y media, hasta que te la sirvieran. Y es por este motivo que yo pasaba muchísimas horas en el restaurante al lado del hotel, que venía a ser una especie de almacén abierto, sin decoración alguna, similar al resto de restaurantes de la ciudad; al menos de la ciudad que yo conocía, la pobre. Si había una parte rica, ni siquiera la encontré.

Desde mi mesa abierta a la calle contemplaba el opulento exotismo de las gentes pasar, y también la miseria de los mendigos que se detenían a pedir; pero sobre todo, observaba al perfumista de enfrente. Orgulloso de su nuevo local, siempre andaba sacando brillo a su colección de botellitas de cristal y sonriendo a todos los que pasaban. A las 6 de la mañana ya estaba en su puesto, y a las 2 de la madrugada todavía seguía allí. Un niño -su hijo, supongo- le traía al mediodía su tali, él comía discretamente su arroz sentado en el suelo, y después regresaba a su taburete a esperar clientela.
Me di cuenta de que la mayor parte de los días no vendía nada. Y podía notar como su flamante y fácil sonrisa se iba apagando poco a poco. Pero siempre que me encontraba a mí, volvía a sonreír abiertamente, me preguntaba con sinceridad cómo estaba, si me gustaba la comida, si lograba dormir a pesar de los mosquitos y me deseaba buenos augurios.

Había numerosísimos turistas españoles, atraídos por las escuelas de yoga que recomendaba un gurú de Madrid. Todos pasaban rápidamente por delante del perfumista con su guía Trotamundos bajo el brazo. Yo también había leído la misma biblia y sabía bien que avisaba: “No se debe comprar perfume, pues los mosquitos, atraídos por el aroma, no os dejarán tranquilos y podrían contagiaros cualquier enfermedad”. Soberbia tontería, por cierto, porque las mujeres indias paseaban embriagadoras sin que un mosquito se les acercase; mientras que los cuidadosos turistas sin perfume atufaban a mil afeites peores, desde la crema solar hasta el desodorante infalible.

Al perfumista se le acababan las sonrisas, pero su precioso género no menguaba. En una de las esperas en el restaurante, entré a su tiendecilla para visitarlo y probar unos perfumes. Me explicaba en un inglés primario las esencias. Olió mi piel, muy respetuosamente, y mezcló para mí una botellita de “hierbas de montaña” y de “brisa de mar”, que acercó a mi nariz. El perfume era fresco y delicioso, inmediatamente me revitalizaba y sacaba bellas imágenes de mi corazón. Impresionada, le compré algunos frascos. Eran extremadamente baratos, y a pesar de ello, la venta de una única botella podía significar para él la manutención de toda su familia durante más de una semana.

Antes, el perfumista, tenía una tienda aún mucho más pequeña, de apenas dos metros, donde él se sentaba en el suelo delante de sus esencias, casi en el barro de la calle, y los turistas no tenían otro remedio que detenerse para no pisarlo… y entonces reparaban en él, y en sus bendiciones, y en su sonrisa, y de vez en cuando le compraban algo. Ahora había conseguido su sueño de alquilar una tienda más grande, tenía taburetes donde sentarse,  pero los turistas debían dar dos pasos para adentrarse en ella, y casi nadie los daba.

Los perfumes que yo compré eran parte de los regalos que me llevaba a España. Mis vacaciones acababan y debía regresar en apenas dos días a mi empresa. Por entonces, yo trabajaba en una multinacional del software, donde redactaba los textos de publicidad, los contenidos web, el mensaje de felicitación navideña y lo que hiciera falta.

Quería ofrecerle un regalo al perfumista, por todas sus sonrisas, por sus mil amabilidades y por haber captado mi esencia. Y sabía qué hacer. Pero por allí no había papelerías, ni impresoras que sacaran perfectos textos en Times New Roman. La civilización iba un siglo retrasada. Así que lo más que conseguí fue un cartón y un rotulador negro (aunque no pintaba del todo bien y me vi obligada a echarle alguna que otra gota de perfume, dando gracias por haber sido niña también hacía siglos).

Pasé la última noche casi entera dibujando y pintando letras en aquel cartón. Al abandonar el hotel, arrastrando ya las maletas, el perfumista acudió a ayudarme. Entonces yo también le sonreí desde el corazón y le entregué aquello que había pintado para él, intentando explicarle el significado de las dos líneas que le había escrito.

Él sonreía y sonreía, con un brillo sincerísimo en sus ojos; me dio mil veces las gracias, y me regaló otro minúsculo frasco de perfume. Mientras me lo daba, se saltó por primera vez las estrictas reglas hindúes sobre el contacto físico con las mujeres y me estrechó durante unos minutos las manos. En el cartel yo había dibujado con mi mejor caligrafía estos versos:

SÓLO AQUÍ ENCONTRARÁS
EL PERFUME DEL AMOR VERDADERO
LA ESENCIA DE LA FELICIDAD.

Ya no he vuelto a La India, pero sí algunos amigos que se siguieron alojando en aquel hotelito del centro, y me contaban que el cartel seguía en un lugar privilegiado de la tienda de perfumes, forrado primorosamente con el plástico transparente de una bolsa.

Había olvidado por completo esta historia hasta un día en que, hojeando una revista de modas, vi el anuncio de un nuevo perfume: “La Esencia de la Felicidad”. Un lujoso publirreportaje no escatimaba detalles: Cierta estrella de Hollywood iba a ser su imagen en exclusiva. El frasco había sido diseñado especialmente en los talleres de Lalique para transmitir aquella imagen etérea de la felicidad que se desprendía sólo con abrir la botella. En cuanto a la fragancia, aseguraban que habían pagado millones para comprar la fórmula a un hindú, que llevaba años vendiéndola con enorme éxito.

Y cuando le intentaron sonsacar al creador del perfume cuál era el secreto de aquella fórmula sólo respondió: “La escribió para mí una verdadera musa”.




* La imagen corresponde, en verdad, a un frasco de “Lalique Edition Limitée 2011”, edición limitada y numerada.

martes, 21 de febrero de 2012

"Sin noticias de Ri" (Diario de una single)


Hoy miércoles, transcurridos ¡CINCO DÍAS! desde el día de autos -esto es, el día en que me tiré a Ricardo-, y después de tan sólo un sms casposo el sábado, me llama el tío tan campante para decirme que soy maravillosa, superguapa y que puedo irme a vivir con él (lo juro, las tres cosas).
Yo, que ya lo tenía borrado del facebook desde el mismito sábado, le he cogido el teléfono más que nada por curiosidad, a ver si me daba alguna pista acerca de qué especie inferior habían degenerado los humanos machos.
Parezco quizás indignada porque estoy hasta los ovarios: el John me desaparece de la faz de la tierra con prácticamente un pie en el altar y el otro en una granja de Holanda. Y el Ri, me despide el sábado por la mañana con una de las frases más románticas que ha pronunciado un hombre:
-Que sepas QUE NO HAS SIDO UN POLVITO.
-Ya lo sé imbécil, he sido un polvazo. –Por supuesto no lo dije, porque a diferencia de él, yo no soy gilipollas.
Y gracias a la diosa que ÉL SÍ ES un gilipollas y NADA MÁS que un polvito, porque de otra manera, me habría pasado cinco putos días recordando sus ojos de besugo y esperando su llamada de gracia.
Le he contestado que se fije bien en el calendario y verá que ya han pasado ciiiiiiiiiinco días desde el momento justo en que tenía que haberme largado ese cuento. Y él me dice que la tardanza “no tiene nada que ver con los sentimientos... es porque necesitaba un tiempo para asimilar la experiencia contigo”.
Ah, joder, es que se ve que la chupo de puta madre.


* Imagen: " En el coche", de Roy Lichtenstein, óleo sobre lienzo, 1963.

"Amadísimo" (Microrrelato)


Que sepas, amadísimo capullo, que ya ni siquiera me acuerdo de ti. Sólo, a veces, me penetra el olor de tu pelo mojado y me obliga a cerrar los ojos; entonces calibro la curva exactísima de tu hombro; y el tono de tu piel, tan perfectamente definido que lo podría cuadricular entre un millón de píxeles; y, sobre todo, el corto camino que arranca desde tu ombligo, tan cierto que lo andaría a ciegas apenas tanteando con las yemas de mis dedos, o con la lengua; y tu sabor… Que sepas que te estoy olvidando, jódete, porque la vida sigue, y para vivir, más necesario que los putos recuerdos es el olvido.





* Este microrrelato fue galardonado como Finalista en el "Certámen Artgerust de Microrrelato erótico-romántico" en su edición del 2010.

** Fotografía de la autora. "Jaula Vacía". Marrakech, 2009.

lunes, 20 de febrero de 2012

"Escrúpulos". (Microrrelato)



Escrúpulos, Rectángulo y Espátula nacieron en familia pobre de grandes ínfulas. El padre, Blas, atribuía sus miserias a su cortedad y quiso que los suyos fueran sobrados en letras. Tula y Recto tuvieron una vida simple. Pero Escrúpulos hizo una fortuna tan enormísima que ya sólo le llamaron "Don".



* Imagen: "Una Familia", de Fernando Botero, óleo sobre lienzo, 1989.

domingo, 19 de febrero de 2012

"El Príncipe del Corazón Helado" (Cuento fantástico)

Inspiraron este cuento:
Príncipes de Corazón Helado,
Madres Verdaderas...
y el Invierno más frío de cuantos he vivido. A todos ellos, gracias.


Cuentan que la Reina de los Hielos tuvo amores imposibles con el Rey Sol, y de ellos nació un niño hermoso como la aurora, que al reír provocaba que se derritieran los copos de nieve mientras caían. Nada más nacer, su madre que tanto había sufrido por no haber llegado a poseer al Rey Dorado, quiso protegerlo para siempre del Mal de Amores, y para ello, cuando apenas el recién nacido tenía unos minutos, le sopló delicadamente en su pecho.

Un frío gélido penetró en el cuerpecito del bebé, donde ardía un corazón poderoso heredado de su padre. El aliento frío de la Madre Reina era sin embargo como una caricia, que envolvió y envolvió el corazón del niño como si fuera el más fino y transparente de los velos, hasta forjar una armadura de hielo impenetrable.

-Hijo mío, regalo de la Tierra y de los Cielos, el más bello de los Príncipes jamás nacido, nada has de temer pues siempre tu corazón latirá sano e intacto. No habrá flecha de Amor que te dañe, ni espina de Desdén que te lastime. Serás fuerte e invencible, y si tú así lo quieres, gobernarás el mundo entero.

El parto de la Reina había sido provocado por su corte real de comadronas y hechiceras, en una noche de luna llena, para que el Rey Sol nada supiera. Sin embargo, la Luna, enamorada siglos del Rey Sol, lo hizo comparecer al observar el enorme resplandor del niño que nacía en el Norte, y el Sol aquella noche apareció en forma de eclipse. La Reina de los Hielos nada veía de lo que acontecía en los cielos, pues lloraba sangre y lágrimas de alegría sobre la tierra por su hijo recién llegado.

El Rey Sol observó con atención al niño, y vio que, en efecto, era hermoso: blanquísimo como su madre, pero con ojos oscuros y llenos de fuego, como negras brasas ardientes, que recordaban a su padre. Escuchó como la Reina lo bendecía con aquella gélida armadura. Pero, como él llevaba en el mundo aún más tiempo que la Reina, desde casi el primer día de vida del Universo, albergaba toda la sabiduría de la Historia, y sabía que, si el Amor podía provocar el mayor de los sufrimientos, también otorgaba la única felicidad completa. Así que se coló en forma de tímido rayo a través de la ventana y acarició los cabellos del niño sin que su madre se diera cuenta, dormida y exhausta por el parto. Y asimismo, le regaló su propia bendición:

-Estarás protegido por la armadura de hielo de tu Madre, mientras seas inexperto en la vida y débil en fuerza como un cachorro. No obstante, cuando alcances la sabiduría de un lobo y la valentía de un león, tu corazón se encenderá ante alguien especial, llorarás tu hielo en forma de lágrimas, y quedarás libre de la frialdad para amar y ser amado con todo el calor del fuego.

El joven príncipe fue creciendo sin conocer nada de las bienaventuranzas de su destino, y todos coincidían en que era hermoso como la mañana e inteligente como los grandes árboles, que crecen y se tornan poderosos sin más escuela que la de contemplar el sol.

Era un joven brillante, pero nunca había traspasado los confines de los Reinos del Norte, y su madre sabía que, para convertirse en el mejor guerrero, tendría que viajar y explorar más allá de los altos picos nevados que sólo la vista más aguda permitía distinguir.

Así que, en su dieciséis cumpleaños, la Reina le regaló a su hijo el más excelente de los caballos del reino: un caballo de un blanco purísimo, majestuosamente enjaezado con joyas propias de rey. Era un animal formidable, fortísimo e imponente, y al mismo tiempo, manso con el muchacho como un potrillo.

-Este caballo –dijo la Reina- es descendiente directo de los primeros caballos vikingos que conquistaron las tierras nevadas y se acomodaron a nuestro reino. Sólo aquellos que eran más fuertes sobrevivieron a la dureza del clima. Desde entonces, los cuidamos como merecida parte de nuestro pueblo -tú lo sabes-, y los entrenamos con los mismos magos que miran por nuestros hijos. “Iceberg” puede correr por la nieve, o por la arena de un desierto, siempre que no le claves herraduras que le impidan sentir la tierra que pisa. Podrá reconocer tu voz a cientos de kilómetros de distancia, y correrá más rápido que el Viento del Norte. En sus alforjas, he guardado para ti una de mis capas, la más especial, con ella estarás a salvo del viento más helado o de la tormenta más extrema. Iceberg cuidará de ti. Ya es hora de que salgas a conocer otros mundos. Pero recuerda, hijo mío, que mi corazón llorará cada día tu ausencia. Enviaré copos de nieve suave como el azúcar y ráfagas de viento fresco, como brisa marina en verano, para que no olvides tu hogar. Y te esperaré eternamente, hasta que el Amor te vuelva a traer a mis brazos.

Mientras decía esto, la Reina de los Hielos lloraba lágrimas heladas que se congelaban al llegar a sus mejillas y acababan rodando hasta al suelo y rompiéndose como las cuentas de un collar. Nunca se había visto llorar a la Reina. El Príncipe, sin embargo, no lloraba. Acariciaba a su nuevo corcel lleno de ilusión y, cuando se dio cuenta de que su madre lloraba, la apretó contra su pecho, pero no pudo comprender su dolor, pues entendía que sólo habían estado parlamentando sobre buenos y hermosos proyectos. A menudo, la Reina se arrepentía de su bendición, pues se apercibía de que su hijo era demasiado frío incluso para amarla a ella. Pero se consolaba pensando en su fortaleza, y daba por bueno su propio sacrificio.

El Príncipe partió, y conoció tierras tan extrañas que ni siquiera las había visto reseñadas en mapa alguno. De todos los lugares, aprendía cómo vivían las gentes y qué artilugios hacían sus vidas más fáciles. Por todos los pueblos donde él pasaba oía comentar a los viejos que jamás habían conocido un invierno igual: los días de frío se alargaban y las temperaturas eran tan extremas que nunca antes se habían conocido iguales. Incluso, en aldeas donde jamás había nevado, se estaban viendo caer por primera vez redondos y hermosos copos de nieve. El Príncipe solía responderles: "La nieve es un doble regalo. Riega vuestros campos cuando cae, y volverá a regarlos cuando se derrita. No temáis, vuestras cosechas serán más abundantes que nunca". Y así sucedía.

Habían transcurrido ya tres años desde que el Príncipe marchara solo con Iceberg, y su sabiduría había crecido inmensamente y también su valentía empezaba a ser cantada por las plazas en las nuevas historias de los juglares. Pero seguía viajando solo, sin ningún compañero que le siguiera. Muchas veces había amado a verdaderos amigos, y a muchachas adorables sin igual, pero nunca había sentido el dolor de la separación. Y por eso continuaba su camino solo, convencido de que aquello era lo mejor para sí mismo y sus planes.

Un día especialmente luminoso, en que los rayos de sol se multiplicaban en la nieve que por costumbre rodeaba al joven, el Príncipe halló sentado bajo un árbol a un niño pequeño, de no más de seis años, con greñas rubias que medio tapaban su cara y que cobijaba con muchísimo esmero algo entre sus manecitas. El Príncipe se detuvo para compartir su comida con el zagal y le preguntó cuál era el tesoro que tan bien protegía.

-He encontrado este polluelo de halcón. Tengo que darle calor y alimento o morirá. Pero no puedo llevarlo a mi casa porque criamos gallinas y conejos, y los halcones los asustan, y mi madre se deshará del polluelo. ¿Podrías cuidarlo tú?

Y mientras decía esto puso el polluelo medio desplumado en las manos del Príncipe, de manera que éste podía notar en su palma el débil y atropellado pulso de aquel diminuto corazón asustado.

-Yo cuidaré de tu polluelo, pequeño, vuelve a tu casa sin miedo.

El niño sonrió complacido y, al momento, echó a correr tan rápido que desapareció entre los rayos de sol que blanqueaban el horizonte.

Desde ese día, el Príncipe hubo de ocuparse en tareas nuevas como la de fabricar papillas con nieve y frutas, capturar insectos, darle de comer al polluelo a cada rato y otros menesteres destinados a salvar al pajarillo. Cortando la mitad de uno de sus guantes, forrados de piel de borrego, le impovisó un falso abrigo al desplumado halconzuelo, y siempre lo transportaba en un zurrón de pieles cruzado sobre su pecho, de manera que los dos corazones empezaron a acompasarse juntos. Por las noches, dejaba al pequeño halcón en su guante, y dentro de su cálido zurrón, pero pronto el pájaro se escapaba y se colocaba a dormir pegadito al cuello del Príncipe, ahuecándose y adaptándose perfectamente en el rincón que dejaba su cabeza apoyada en la almohada. El Príncipe sonreía e intentaba no moverse para no despertar al polluelo. Y así fue creciendo hasta convertirse en el halcón más espléndido que jamás se haya visto y, sin duda, en el más inteligente que nunca haya podido existir. Sólo con mirar a los ojos al Príncipe, podía entender su estado de ánimo o saber si tenía hambre; y cuando se alejaba a cazar, ni siquiera era necesario llamarlo, sólo con que el pensamiento del Príncipe lo invocara, el halcón volaba rápido hasta él. Llegó un día en que el Príncipe advirtió que debía ponerle un nombre, y no andar llamándole "halconzuelo" como si fuera un animal, y entonces le otorgó el nombre de "Amado".

Sucedió que un día estalló una tormenta en verdad terrible. El Príncipe, que llevaba meses instalado en la calma de una cueva de la montaña, cuidando y adiestrando a su halcón, y realizando sus muchas lecturas y estudios, observó como los rayos amenazaban cada vez desde más cerca al pueblo vecino. Y como sabía el temor que las tormentas inculcaban en los hombres que no estaban acostumbrados a ellas, decidió bajar al pueblo a prestar su ayuda.

-Me llevaré conmigo a Iceberg –dijo el Príncipe a su caballo y su halcón-, pues siempre precisan de caballos fuertes que ayuden a salvar lo que el río crecido pueda arrastrar. Pero no puedo llevarte a ti, Amado, pues no están acostumbrados a contemplar pájaros que sepan volar de noche. De modo que espéranos caliente en la cueva, haz tu nido entre las pieles y duerme cerca del fuego, porque la noche augura más frío del acostumbrado.

Pero cuando se marchó el Príncipe, la tormenta empeoró como si fuera el propio océano el que se derrumbara desde los cielos. El halcón, que -desobedeciendo al Príncipe- había decidido seguir y vigilar a su amo a cierta distancia, se empapó hasta la última de sus plumas. Intentó entonces buscar un algún refugio, pero era tanta la lluvia que ni siquiera podía distinguir nada detrás de aquella compacta cortina de gotas grises. Finalmente, el pájaro cayó al suelo con sus alas pesadas de agua, y al instante, ésta se congelaba entre sus plumas como diminutos cristales de muerte.

El Príncipe, que ya estaba ayudando en el rescate organizado junto a la crecida del río, a pesar de que jamás antes se había sentido afectado por frío o lluvia, notaba en sus huesos un helor diferente, muy intenso, como si proviniera de dentro mismo de su alma, y comprobó que sus miembros comenzaban a paralizarse. De manera que hubo de abandonar desconcertado su sitio y regresar presto junto a su caballo. Allí se cubrió completamente con la capa de pieles que guardaba de su madre y de inmediato cabalgó veloz hacia su cueva. Al llegar, ya apreciaba la sangre y el vigor circulando por sus venas, pero recordaba el temor del frío dentro de él y llamó preocupado a su halcón; pero éste no acudió. Cada vez más nervioso, encendió una antorcha -sin desprenderse de la capa- y salió a la montaña dando gritos de llamada bajo la lluvia, pero el halcón seguía sin aparecer. El Príncipe rajó con una daga su enorme capa, colocó la mitad sobre Iceberg, que se negaba a entrar en la cueva, y siguió buscando y gritando… entre los árboles y los arbustos… guiado más por su intuición que por un plan lógico. De súbito, Iceberg, se puso a relinchar con pánico a unos metros de él, y el Príncipe al acercarse observó a su amado halcón casi enterrado en la nieve. Al momento, le retiró la nieve y le fue extrayendo con extrema suavidad los cristales de hielo más grandes; le sopló repetidamente su aliento, lo llamó por su nombre, y mientras esto hacía, se abrió la capa de pieles de su madre, y después su propia camisa, y colocó el halcón mojado e inerte pegado a su pecho. Y así, abrazado a su Amado, se sentó al fin contra el regazo de su caballo, que se había echado exhausto bajo un entrante rocoso de la montaña, donde podían guarecerse de la lluvia y del frío.

El abrigo que formaban Iceberg, el Príncipe y la capa mágica de la Reina no parecían suficientes para devolver el calor al halcón. El Príncipe no pudo evitar llorar de impotencia y desesperación, y durante unos segundos, incluso, se sorprendió, pues le parecía recordar que nunca antes había llorado. Sus lágrimas eran de hielo, pues provenían de la armadura de su corazón y, lo mismo que las de su madre, se volvían duras y resbalaban rodando hasta al suelo como perlas de un collar. El corazón del Príncipe comenzó a irradiar un calor que jamás había sentido, como si todo el poder del Sol ardiera dentro de su pecho. Entonces, sus latidos se hicieron más fuertes que nunca. Toc, toc, toc, toc... poderosos, como si aquel corazón ardiente quisiera cabalgar fuera del pecho. Y pronto al toc-toc poderoso del Príncipe se acompasó un débil toc, que provenía del pequeño corazoncito del halcón casi muerto. El Príncipe lloró más y más, y cada vez su corazón se volvía más fervoroso y ardientemente feliz al latir al lado del de su Amado.

Cuando llegó la mañana, el Príncipe se sentía radiante y dichoso pues la tormenta había cesado y su halcón había renacido aún más fuerte, cual Ave Fénix, y, apoyado en su hombro, estiraba con placidez sus alas para recibir los rayos de sol en sus brillantes plumas rojizas. Entonces el Príncipe dijo:

-Debemos volver a casa. Ya sé cuánto debo saber. Y lo más importante, sé cuánto debe de estar sufriendo mi madre pensando que ha perdido a su hijo.

Y así, el caballo, el halcón y el Príncipe iniciaron su cabalgata juntos bajo el sol, pero el regreso resultó extraordinariamente más rápido porque la nieve se derretía para abrirles paso. A las puertas de palacio, los esperaba la Reina, hermosísima, pero con los cabellos aún más blancos que cuando partieron, llorando lágrimas de cristal. Abrió los brazos para acoger a su hijo y entonces advirtió contra su pecho un calor que le sonaba de antiguo; miró los ojos del Príncipe y los vio encendidos como si tuvieran fuego. Todo él parecía emitir una luz especial. Y en cuanto se separó del regazo de su madre, a su hombro acudió presto el ejemplar de halcón más magnífico y hermoso que nadie por allí hubiera visto nunca.

-¿Por qué has vuelto, hijo? –preguntó la Reina.

-He vuelto porque te amo, madre –contestó el Príncipe.

Y entonces la Reina lloró, pero por primera vez, no fueron lágrimas heladas de cristal, sino lágrimas líquidas, que brillaban en su rostro como gotas de rocío al Sol del Invierno.


* Imagen: "Los meses". Tapiz, Noruega, s.XIII, Técnica Gobelinos. Medidas 80x72 cm. Realizado por Marieta Veloso.

martes, 14 de febrero de 2012

"Maravillosismo ilustrado". (Cuento erótico a mayor gloria de San Valentín)


Desde que cumplí los treinta, los hombres me dejan mucho, normalmente –eso dicen-, porque soy maravillosa. La más divertida, la más guapa: la más maravillosa; y por supuesto, la que mejor folla. “Pero no puedo seguir en esta relación… por problemas que sólo tienen que ver conmigo”.

Claro, podría indagar cuáles son esos problemas, pero, por mi propia felicidad, he aprendido a no formular preguntas cuya respuesta no me interesa oír (¿Me quieres? ¿Hay en el reino alguna más maravillosa que yo?). Y además, tengo la certera intuición de que difícilmente escucharía la respuesta verdadera, ésa del tipo: “Por la noche le rezo a mi exnovia”; “Me excita el sacerdote que nos da el cursillo prematrimonial” o, simplemente, “No me gusta el dulce aroma de tu flor de loto”.

Así que me conformo con ser maravillosa, y simplemente les pregunto: -Pero, si dependiera de ti elegir a una de los Ángeles de Charlie ¿seguirías escogiéndome a mí, verdad? -Ni lo dudes.

Soy un ángel y soy maravillosa, y es posible que en ocasiones me relumbre la aureola, porque en mi última visita al Ambulatorio dos señoras me pasaron devotamente un pañuelito por el brazo, pero la enorme cola de enfermos junto con la calefacción al máximo eran capaces de trastornar a cualquiera, también tengo que contarlo.

Ahora bien, que quede claro este axioma: por muy maravillosa que seas, te puedes quedar colgada en el día de San Valentín. Yo misma, el último 14 de febrero, abandoné la corona y la aureola en la mesita, y pasaba la tarde tristemente acurrucada en el sofá, con mi cara de tortuga y el caparazón (tamaño grande) que heredé de mi abuela. Normalmente, en el ajuar son las madres las que legan a sus hijas el caparazón contra desamores, pero la mía necesitó muchos años para comprarme una vajilla a piezas de la Cartuja, y al final me quedé con el de mi abuela, que según me contó en vida, siempre le sirvió de gran uso y consuelo. El caparazón, no sólo es muy cómodo para aovillarse dentro y sentirse arropadita en cualquier postura, sino que sirve como escudo de nostalgias, envidias y asechanzas del enemigo. Lamentablemente, desde que la Lista de Bodas se pone en el Corte Inglés, o directamente se solicita el sobre con relleno, el uso de caparazón se está perdiendo, mientras aumentan las ventas de las almohadas cervicales.

Como digo, estaba delante de mi tele mal sintonizada, que lo único que captaba con definición era el canal local, ése en el que aparece una médium reteñida y tres ventanitas porno, y un listado de SMS debajo, casi todos de índole desesperado-sexual: “hombre busca…”; “hombre busca…”; “hombre busca”; y alguno de interés social: “Si quedáis con un tío que se hace llamar Jack y tiene un ford-fiesta rojo, cuidado, tiene ladillas”.

Preciso que, a pesar de los mágicos efectos apaciguadores de mi coraza heredada, sentía cierta rabia al imaginar a mi ex alegremente divertido, quizás entre sábanas de corazones, con alguna pelandusca de ésas que se dedican a recoger a los ex perdidos. Y además tenía un subidón hormonal prerregla contra el que no se conocen remedios, médicos ni mágicos, que me provocaba cosquillas desde el útero al centro de las entrañas, que me llenaba el cerebro de extrañas imágenes fálicas, y que, resumiendo, me tenía transformada en una desesperada sexual cualquiera; también denominada “salida”.

Leo entonces en los SMS (y yo no tengo la culpa de poder leer cualquier cosa muy rápido, Dios lo quiso así): “Pareja busca chica para cena de San Valentín. Sólo buen rollo. Postre opcional. 669 69 69 69”. Llamo. Cuelgo. ¡Oh, Dios mío, cómo he sido capaz! Y antes de poder fustigarme por mi mala conducta, me devuelven la llamada. Una chica en-can-ta-do-ra me anima a acercarme a un restaurante bastante próximo (y decente). Y como yo siempre he tenido ese grave problema para decir “no”, me apresuro a salir del caparazón, me pongo una ampolla tensora en la cara de las que anuncian para quitar la cara de tortuga, y con temblequeo en las manos me pinto una raya en los ojos que haría palidecer el maquillaje de la propia Nefertiti.

Evoco toda mi colección de mantras para elevar la autoestima y me repito: soy guapa, soy divertida, soy maravillosa. Y con esto y unos condones en el bolso me largo de casa.

Llego al restaurante y una pareja, bastante mayor que yo, me hace una señal acompañada de enormes sonrisas. Me acerco también sonriendo, que yo estoy muy bien educada, como matiza siempre mi madre, “gracias a que ella se sacrificó llevándome al colegio de paga”. Me invitan a sentarme. Nos estudiamos: Él está cerca de los 50 pero bastante bueno. Es relativamente guapo y tiene un cuerpo bonito, con unos hombros anchos, y señales evidentes de que acude moderadamente al gimnasio. Pero… -y de verdad que casi me caigo de la silla al reparar en ese detalle-, luce a modo de corbata esos cordoncitos acabados en metal que debieron de estar de moda en el oeste americano. Me mantengo en la silla pero la líbido se me cae al suelo.

La chica, que también sobrepasa ampliamente los 40, es como una mamá de clase media, pero de las de antiguamente. Algunos kilitos de más, pelo falso platino, ligero cardado, y como único signo de modernidad, unos vaqueros cuatro tallas inferiores a la suya, de ésos que tan de moda han puesto las sudamericanas. Y que, por cierto, sientan fatal para quienes no nos atraen las carnes apretadas y reventonas. Pero tiene una sonrisa preciosa, una voz muy dulce, y es extremadamente simpática.

Pronto se me olvida que somos unos desconocidos, porque ellos hablan dicharacheramente de las muchas ventajas de los clubs de intercambio, y yo, en vez de cenar me estoy metiendo unos lingotazos de White Label.

El chico propone tomar la siguiente en su casa, y yo, alegre como unos cascabeles, encantada de que me retiren la silla, me paguen la cuenta y me digan que soy preciosa, me subo al coche de mis simpáticos amigos sin comprobar siquiera si guardan motosierra en el maletero.

Me siento modernísima mientras hablamos de las cenas de intercambio que ellos organizan todos los sábados y fiestas de guardar, y en apenas diez minutos, estamos sentados en el sofá de su hogar. Y digo hogar porque no le faltaba de nada: las cortinas de flores, el tapete de ganchillo, un gigantesco aparador de nogal para incrustar la tele y cornucopias doradas encima del recibidor. Ah, y un imprescindible mueble-bar muy bien surtido. Me tomo otra, más que nada por no pecar de descortesía. De repente, él cambia su mirada de anfitrión cariñoso a la de lobo estepario, me retira el vaso, me coge de la mano y me lleva hasta el dormitorio de matrimonio. Una cama grandísima, luces muy tenues… son profesionales, no hay duda. Él se desnuda y desliza mi mano sobre su piel. No recordaba la excitante sensación de recorrer un cuerpo que antes nunca ha sido tuyo. Me detengo en su culo, firme, cierro los ojos, y descubro que estoy muy, muy excitada.

Él me desnuda mientras me besa los pechos y me dice que son preciosos, me lame el ombligo mientras jura que le vuelve loco, baja por mis piernas y me hace sentir la mujer más excitante del mundo.

Me fijo en que desde la puerta, observándonos con una sonrisa, está su mujer desnuda. Nos metemos en la cama y ella viene también. Acaricia mi cuerpo y yo repaso con una caricia la curva que va desde su cintura a la cadera. Me parece la curva más peligrosa en la que nunca he estado.

Ella tiene un vibrador en las manos, que me frota solícita, pero prefiero sentir el suavísimo tacto del pene de él, ya húmedo, mojando mis nalgas mientras nosotras dos nos besamos.

Me muero por follar, hace siglos que no lo hago. Me vuelvo y me pongo encima del pene húmedo, tenso, fuerte, lo dejo resbalar por mi clítoris. Él cierra los ojos con placer. Pero súbitamente se quita de debajo.

Su mujer me aclara: Eressss… MARAVILLOSA, pero la penetración sólo la practicamos entre nosotros dos.

Él se corre dentro de ella. Ambos me abrazan y me ofrecen quedarme a dormir. Pero yo prefiero irme a mi casa. Porque soy taaaan maravillosa, que no me importa pasar la noche de San Valentín SOLA.


* Este relato ganó en el 2009 el premio al mejor relato erótico en el certámen "Lo que los hombres no saben", organizado por Lucía Etxebarria y la revista G-MAG.